viernes, marzo 02, 2007

MACONDO: TERRITORIO DE CAMALEONES



Antanas Drake

Algunos podrán alardear que a los 16 años se fumaron su primer pucho, pero yo digo a los cuatro vientos que a esa edad me robé un ejemplar de Cien Años de Soledad del anaquel empolvado que había en el caserón familiar de mi compadre del alma (donde su madre maestra acumulaba libros de espiritismo y de enseñanza primaria) sólo porque me dio la gana. El hambre me aburría entonces, así que miré los lomos de los viejos tomos y al azar di rienda suelta a mi vileza natural y cometí el delito más feliz de mi vida.
Me acababa de fugar de casa por enésima vez y robando un libro pagaba yo la piedad que me había tenido la familia de mi compinche del colegio. Pero en esas horas de crisis existencial yo estaba tan flaco que mi cuerpo se había comido hasta mis escrúpulos, que por una cuestión genética, nunca funcionaron muy bien. De modo que sin saber por qué, cogí ese libro y sin tener dónde ir, salí al sol de la calle, al olor a podrido de las aguas negras de las cunetas, al espectáculo de los perros despedazando bolsas de basura y empecé a leer esa vaina de: Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento el coronel Aureliano Buendía recordaría la tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo… Pensé: Pobre tipo el coronel, está jodido, luego me dije que el tal Gabo era un comemierda, pero después me di cuenta de que en verdad había magia en cosas tan simples como el hielo o como el morirse de viejo meando en un árbol o el subir al cielo en cuerpo y alma envuelto en una sábana recién lavada. Olvidé el hambre, se me desdibujó el desamparo y entonces supe que, o me iba a vivir a un canal de drenaje o tendría que tener la suficiente suerte de hallar a alguien que me pagara por escribir. Seguí leyendo, había música en ese libro, habían hierbas rompiendo viejos zócalos romanos de blancas mansiones llenas de vacas (después supe que esa música la había inventado Carpentier con su estilo real-maravilloso). Habían calles ardientes, viudas que aún esperaban a sus hijos muertos en guerras perdidas y viejos coroneles que sobrevivían a las batallas de la vida agonizando en las poltronas de un Macondo que se multiplicaba por miles en los recónditos caseríos latinoamericanos (luego supe que ese paisaje ya existía en la Yoknapatawpha de Faulkner y que el coronel Buendía bien podía ser el coronel John Sartoris). Descubrí que en ese libro habitaba un Rulfo lleno de fantasmas locuaces, vi a un Kafka tan de aquellarre checo; a una Virginia Wolf, tan capaz de mandar a la mierda con aspavientos de camionero cubano sin perder el donaire inglés, y a un Hemingway que pescaba para demorar la hora aciaga de volarse la madre de un tiro. Aquel libro robado ya no existe, pero me ayudó a comprender que las palabras no son humo, que son gases químicos capaces de inyectarnos alegría al corazón o mandarnos al gran carajo.

3 comentarios:

El Defensor dijo...

Yo tambíen me fumé mi primer Gabo a los 16. (pero a mí me lo regalaron, para aclarar eso de los antecedentes penales).

Anónimo dijo...

"TODOS ESTOS CUENTOS TIENEN REGISTRADO SU DERECHO DE AUTOR CONFORME A LEY"

"ESTOS CUENTOS TIENEN REGISTRADOS SUS DERECHOS. SÓLO EL AUTOR PUEDE AUTORIZAR SU PUBLICACIÓN EN OTRO MEDIO"

no soy un partidario de los derechos de autor, precisamente porque creo que todo obra que se publica ya no pertence a uno si no a todos, es un poco de ego querer que las cosas lleven el nombre de uno.

las fotos que sacaste de internet deberian ser también respetadas y ponerles el origen de donde las sacaste

Oscar dijo...

Estimado:

Tu excelente texto ha provocado en mí, el ferviente anhelo de hacerme de un ejemplar de la Edición Conmemorativa y volver a saborear el delicioso néctar del escándalo y la ternura que, seguramente, provocó en mí cuando tenía 16.

Un fuerte abrazo.