lunes, febrero 26, 2007

Bayard Hart


A Carpentier, que lo hizo primero y mucho mejor.




Antanas Drake

I - ¿Firu, vos lo viste?
El fantasma había tratado de hacerse ver con el viejo coronel desde la primera noche en que este había quedado solo en el enorme caserón familiar, acompañado apenas por ese perro que nadie supo de dónde vino un buen día de esos y que se quedó con él manteniéndolo en el mundo de los vivos con esa mirada petrificada de genio alucinado pintada de las lagañas necesarias para ver a los muertos.
Por eso cada vez que el fantasma se había manifestado ante el coronel en la soledad del oscuro caserón oloroso a húmedo musgo de pared, cada vez que ese espectro de otro tiempo había tratado de sentirse vivo haciéndose ver ante ese veterano de tantas guerras perdidas, que se pasaba los días de su ancianidad indefensa vestido con su raído uniforme gris de confederado, el antiguo soldado había preguntado a Firu con esa rara voz terrosa de los viejos si también había visto correr a esa sombra helada que él acaba de ver otra vez con una esquina del único ojo que aún le quedaba con vida.
Desde los días de la derrota final, desde el exterminio de sus hijos más amados en la desastrosa retirada de Picuiba y en el asalto insulso a Nanawa; desde la noticia del suicidio de su mujer, que hasta antes de la muerte de los muchachos se había mantenido con vida comiendo insectos y bebiendo agua de lluvia para apagar el incendio de su útero en los días de la tristeza; desde entonces los terrores del coronel habían surgido como un cáncer en su espíritu, como un virus de amargura que le espesaba la sangre amenazando con reventarle el músculo del corazón con un estertor parecido a la muerte.
Mientras pasaba los últimos años de su vida exiliado del mundo en un encierro voluntario, el coronel, ataviado con sus medallas oxidadas prendidas con descuido en el pecho marchito por el asma, con la envejecida bota de montar derecha sin tacón y sus húmedas manos minerales petrificadas sobre el pomo helado del bastón de mando, el coronel sentía que a su alrededor la casa se hacía más grande, que las distancias entre su dormitorio descuidado y el comedor enmugrecido ya no eran las mismas, que el techo estaba más alto que ayer, que los escalones habían aumentado de tamaño y de frialdad, que todo se hacía más pesado aún sin que él lo levantara y en esa atmósfera de propio empequeñecimiento físico presentía a la muerte en la más absoluta soledad. En su desamparo, se presentía incluso abandonado por sus sentidos sobre la hamaca familiar que había pertenecido a su bisabuelo, un irlandés edecán de Bolívar, que trajo a lomo de mula a través de Los Andes la Constitución Política de Bolivia redactada por el puño y letra del señor Libertador de cinco naciones.
Pero lo que más aterrorizaba a aquel viejo oficial de caballería, pese a que hubiera preferido morir antes de aceptarlo en voz alta, era la posibilidad de volverse loco por resignación o por la negligencia de las fechas que suelen burlarse de los hombres que en la juventud se sintieron demasiado grandes.
Le llenaba de pavor la posibilidad de que en el último momento de su vida le entrase de golpe el arrepentimiento y no tuviera a quién hacérselo saber, temía (jamás lo diría, su mente era una tumba que nunca conocieron ni siquiera los seres que se creyeron amados por él), temía que lo último que se lleve de la vida sea algo tan triste como el olor a mandarinas podridas que penetraba desde la efervescencia de moscas en el patio grande. El olor entraba con paso de reptil en las penumbras del salón a través de las ventanas rotas de la casa construida por los prisioneros que él había hecho con la fuerza de su sable y su arma Colt Walker en la guerra contra el Paraguay. Adentro, el olor lo envolvía todo, lo consumía todo posándose sobre las cosas como un pájaro, como un heraldo de la muerte.
Él que había carecido del escrúpulo del temor durante los años en los que había montado a caballo por todo el país llevando la justicia y el orden con la pólvora de sus cañones, vivía ahora sus últimos años ahogado en el terror de que la locura le llegara un día de esos tocando con sus manos heridas las puertas de su alma, como lo había hecho con su padre Antanás I, con su abuelo Bayard, o con el edecán de Bolívar que terminó comiendo pasto desnudo en alguna meseta del altiplano.
II De modo que el coronel Antanás Santos había dejado de creer en sus propios sentidos y en la omnipotencia de su Colt Walker y se había refugiado en el buen criterio de ese perro vagabundo que por puro capricho había llamado Firulais, o simplemente Firu, para los amigos. Todo cuanto fuera importante confirmar si era de esta vida o de la otra, era preguntado primero al perro con el afán de asegurarse de que la cordura no lo traicionaba. Desde que había tenido esta precaución (tomó la decisión de tener quién certifique sus visiones el día que despertó en medio de una casa abandonada y oscura, trepidante en sus vigas por las mandíbulas del comején) desde que el perro había sido adoptado también como guardián contra las travesuras de su mente, ya no lo habían perturbado los rostros que desde la niñez le hablaban desde las fuentes de agua, ya no lo molestaron más los ojos que lo miraban desde las cerraduras, ni las risitas de niños de otro tiempo que jugaban por las noches en los corredores de la casa resentida cada vez más por el abandono de lo vivos y entregada a la lujuria de la naturaleza y de los seres de la noche.
-Firu, ¿lo viste?, había vuelto a preguntar el coronel, aunque con un tono más apremiante que la primera vez en que tuvo la certeza de que no estaba solo en el ámbito de la casa. En esa ocasión su temor había llegado demasiado lejos, él lo sabía y eso lo llenaba de un asco que en otro tiempo hubiera eliminado golpeando las paredes con los puños.
Cuando supo que no estaba solo, el coronel Santos por primera vez se sintió tan vulnerable como un recién nacido, encerrado ya por el muro de concreto de su ceguera precoz y su sordera creciente, inseguro ya de que tanta sombra se le parase detrás con paso de relámpago y le respirase al oído o le pasase rozando el cuello con una mano helada de muerto, caminando hacia los rincones donde ya no llegaban sus antaño grandes ojos negros, ahora ocultos por la vigorosa nube de una catarata de carne.
Entonces, de la novedad del temor (no por cobardía sino por la certeza de la debilidad de su cuerpo), el viejo fiel a su sangre explosiva pasó de un asco interior que lo sofocaba, a un estado de terrible violencia que lo llevó a desenfundar en medio de la oscuridad de la casa el Colt Walker que lo había llevado y traído vivo de todas las campañas militares que había encabezado para bien o para mal de la república. Disparó contra las sombras destrozando floreros sin flores, reventando cuadros cuyas figuras se habían cansado de su inmovilidad y se habían descolgado de los marcos para irse a otra parte; rompió ventanas no abiertas hacía décadas y despedazó bustos de sus antepasados colocados en el rellano de la escalera de piedra para no olvidar quién era y de dónde había venido.
Descargó su arma de oficial de caballería seguro de que si el que merodeaba dentro de la casa era algún ladrón, el pobre diablo saldría corriendo, ebrio de esa cobardía cada vez más profunda que él se empeñaba en ver en los jóvenes más jóvenes.
Firu, silencioso, cuerpo negro y grande como un melón con pelos de perro, cabeza pequeña de murciélago, petrificado, impasible como un peluche, mirando con sus ojos frutantes de lagañas, le daba al viejo soldado todo lo que podía darle sin darle nada más. Su compañía, su mirada indescifrable, su perseverancia inaudita en un lugar donde nada era grato, donde hacía años que ya no había música en el piano, ni en el patio de las fiestas donde hacía mucho tiempo las orquestas celebraban los triunfos de la familia fundadora de Sabayón, ahora exterminada por el destino y la sangre que les había tocado en suerte.
III Pese a que la familia del coronel había sido numerosa, a estas alturas de su vida sólo le quedaba un hijo del que nunca había querido hablar. Daniel Santos no había montado jamás a caballo, no había peleado nunca con nadie, ni por mujeres, ni por deudas de naipes, ni por borracho buscapleitos, ni sólo por que sí. Su carácter nunca había explotado en ninguna situación, no se había batido a puñaladas con maridos ofendidos, ni había tomado con besos o amenazas virginidades de ninguna especie, ni le había mentido ni se había robado nunca a una mujer, ni se le conocían hijos bastardos, no había sido soldado, ni contrabandista, ni aviador, ni nada que lo señalara como un miembro de la familia Santos. En resumen, para el coronel el mayor de sus hijos era la vergüenza, era la duda, ese pendejo no puede tener mi sangre, si hasta marica parece...
El único hijo vivo que le quedaba al coronel había abandonado la casa a los diecisiete años presionado por el trato de su padre y por las habladurías del pueblo, y con el paso de los años le había ido tan bien en la vida que se había convertido en un asqueroso banquero que incluso había cometido la bajeza de casarse por la iglesia y por lo civil, pese a conocer el odio que le profesaba el coronel a los abogados cabrones y a los curas capones que administraban una ley que nunca había existido y una fe que había muerto.
VI Los criados que habían servido a la familia desde siempre, de un momento a otro habían abandonado el viejo caserón, gris, oloroso a maderos de pino excitados por la brisa del mar perdido, fresco y recóndito como las sombras de los árboles sobre el río Maratay. Todos se habían ido de golpe una tarde por temor al fantasma que en su desesperación de mudo sin boca, había tratado por todos los medios (caricias en el pelo de las mujeres dormidas, manotazos de compadres en la espalda de los hombres mientras caminaban por los pasillos oscuros de la casa) de pedirles agua, sal, y no sé, si pudieran conseguir una fosa para mi cuerpo que sigue en un hueco en la tristeza del Chaco donde vi por última vez al coronel. No se vayan, si apenas soy de aire, nada. Y las mujeres estremecidas por esa garra helada sobre sus senos saltaban de su sueño, se persignaban y salían gritando que el muerto había vuelto y los hombres sudorosos, armados de ramas sagradas de protección contra el mal de ojo le gritaban en lenguas de África que él, ni aún muerto, entendía.
Cuando los criados de la casa se fueron dejando solo al coronel Santos sin que él conociera el motivo de la fuga, a causa de su sordera congénita y la ceguera que él acentuaba a veces por pura conveniencia; cuando la casa se quedó sin servicio se fueron amontonando en los buzones del portón familiar, entre otras cosas, la correspondencia que le mandaba semanalmente Daniel Santos contándole a su padre en tono conciliador sobre su matrimonio reciente por la iglesia y lo civil. Se amontonaron también los cheques retrasados de la pensión vitalicia, que pese a su estatus de héroe de la patria, debía ir a cobrar él mismo con sus 90 años a cuestas a ventanillas atendidas por malditos funcionarios públicos. Se acumularon por miles las invitaciones para ser padrino de niños pobres, los pedidos para prestar su nombre a algún colegio recién construido, las notas municipales para ser condecorado como hijo predilecto del pueblo que había ayudado a fundar, las citaciones con listones tricolores para dar un discurso en el día de la patria. Se acumularon las boletas de cobranzas del agua y las facturas del tipo que traía la comida que él nunca pedía y que se podría en el patio al que él nunca salía. Todo aquello se acumuló bajo los hierros oxidados del viejo portón que antes había sido colosal, con sus garitas de guardias armados que el ayuntamiento había construido con fondos públicos para hacerle los honores al último coronel vivo que nos quedaba de la gran guerra.
Ahora el coronel estaba solo, sordo de verdad, más ciego que nunca y las garitas estaban con los techos hundidos, florecientes de jaramagos y plantas parásitas, con los costillares de sus paredes expuestas a la intemperie, los muros alrededor de la casa infectados de musgos venenosos y sus bases rebosantes de hormigueros y clandestinas cagadas humanas coronadas con un simpático trozo de hoja de cuaderno escolar abollado en el que se garrapateaban con lápices sin punta, difíciles operaciones de sumas de tres.
El jardín, que su esposa loca había construido cada día de su vida, (para alumbrar la casa con los colores de las flores encendidas por el sol de esos llanos infinitos y para tenderle trampas a los insectos que eran su debilidad en Este mundo de malditos comedores de carne, como la tierra que nos comerá a nosotros); ese jardín ahora estaba desbordado por la hierba, por los insectos mataplantasdecentes y por las defecaciones de las vacas que no habían tenido la delicadeza de respetar la propiedad privada a la hora de desatar por el culo su elocuente y verdosa música interior.
Y los rosales ingenuos regados con lágrimas de alegría y suspiros de esperanzas, envidia de damas que habían aprendido el arte de la jardinería de Versalles en revistas de moda que llegaban cada mes en los buques del río; esos lugares rojos y verdes que habían sido los favoritos de las señoritas en edad de casarse que venían a las fiestas de la casa a mostrarse en todo su esplendor de hembras montables y obedientes. No seas tan obvia, va a pensar que no eres una dama. Ese sólo sabe de putas, dejamelo que no lo escapo. Esos rosales una vez llegada la época del silencio, habían aprendido a moverse a placer para cazar gorriones desprevenidos con sus puños de espinas y se habían desbordado de sus canteros con el mismo ánimo que un borracho amenazando con tomar la casa para siempre.
V Después de la muerte de sus hijos más amados y del deceso lamentable pero no tan doloroso de su esposa, el coronel Santos se había encerrado un buen día para siempre dentro del viejo caserón de piedra blanca y tres plantas con ventanales enormes, convencido de que todo fuera de esas paredes le era completamente ajeno, convencido de que él fuera de la casa ya era como una caricatura, un símbolo de lo que había sido y ya no sería más en el nuevo orden del mundo y que sin embargo, todo cuanto valía la pena ser vivido, vivía, se arrastraba o flotaba dentro de esa casa que era para él el ámbito de su naturaleza salvaje, el territorio personal donde habitaban junto a él los recuerdos de los tiempos en que nada se movía en Sabayón si no era por la inspiración de su voluntad, en aquella época de gloria en que sus cachorros Santos (menos Daniel), Bayard, Antanás y Dionisios, desde los cinco años, ya lo seguían montando a caballo donde quiera que él iba.
Pese a los cuidados de la nana india, los niños imitando en todo a su padre se ponían sus botas de montar, que entonces les quedaban desmesuradamente grandes; se calaban su sombrero de oficial de caballería que les tapaba los ojos, su cartuchera con la Colt Walker descargada, que entonces era un peso divertido para ellos, los revoltosos, los que arreglaban sus asuntos infantiles a trompadas, mientras Daniel permanecida aferrado a la falda de la matriarca, apagado como un leño en la nieve detrás de las historias de Dickens que le contaba su madre para que durmiera siempre con la lámpara encendida, enfermizo como un pollito, avergonzando a su padre cada día de su vida con su comportamiento melancólico. Daniel había permanecido ajeno a la bravata de sus hermanos, siempre con ojos hinchados por golpes de puño, con relucientes cortaduras en los pies por andar descalzos entre los cañaverales buscando ver bañarse desnudas a las hijas de las esclavas y con fracturas de dedos luego de toda su variedad de caídas (de caballos, de árboles, de ventanas) que siempre necesitaban ser corregidas por las pericias de curandera de la nana india, mientras la madre de los chicos llevaba a Daniel a cultivar flores y secretamente se entregaba al placer de comer insectos y cojer con los sirvientes ante el abandono de su marido y el casi autismo del más amado e idiota de sus hijos.
VI Allí, sobre su hamaca inmemorial, el coronel se había aferrado con ambas manos al bastón de la vida y al perro de la cordura en medio de esa casona llena de polvo, en la que hacía tiempo nada funcionaba bien salvo el mecanismo natural de la hierba que empezaban a romper los zócalos de la sala de las fiestas, a trepar las paredes por encima de los retratos de esa estirpe gloriosa caída en desgracia en los tiempos de la guerra, mientras las antenas de los insectos emergían de las áridas canillas del agua y de los enchufes del cableado que nunca se usó en la casa por la ceguera del coronel y por la muerte de un sirviente al tratar de encender la primera lámpara eléctrica de la casa.
Lo único que se escuchaba en las noches más silenciosas de la gran casa, eran las blasfemias de Aqueronte el Sabio, un monje en crisis que había perdido la fe en su visita a la entrepierna de una puta y que sin pedirle permiso a nadie, se había afincado en los sótanos de la vieja casona para trabajar en su maquinita para fabricar el tiempo. Si el cielo estaba en todas las mujeres, los designios divinos eran cuestión de métodos, de mecanismos (el universo y una semilla eran complejos mecanos salidos de la nada, pero hechos por alguien). El coronel nunca lo había visto, nunca lo había oído, pero todo el mundo en Sabayón sabía que él estaba ahí, sin interferir en nada, trabajando en algo que no iba a molestar a nadie.
VII - Firu, ¿vos lo viste otra vez?
Un sollozo de hombre en el rincón más oscuro de la sala. El coronel lo oyó pese a su sordera y pese a su ceguera miró mecánicamente al perro a ver si reaccionaba. Alguien tosiendo en el zumbido de las tres de la madrugada, pasos sobre los escalones de piedra que llevaban a la terraza que antes dominaba todo el pueblo, todo ese llano caminado de ríos, tamarindos y arenales, que ahora se había convertido en depósito de inmundicias y portazos en las noches. Es el viento o esta casa se está llenando de ladrones, qué carajo, ya nadie respeta nada. Y con su violencia habitual sacó su Colt Walker de oficial confederado que siempre llevaba en la cintura y se sentó en su hamaca con el arma sobre los muslos. Pese a la tensión de no saberse solo, se durmió con la boca abierta, se orinó en los pantalones y tumbó el arma sin seguro. El disparo lo hizo saltar de la hamaca en un estrépito tan brutal que fue un milagro que no se quebrara un hueso cuando se estrelló contra el piso. Cuando se terminó de despertar sobre el suelo de madera, pese a la rabia que lo embargó por tantas miserias juntas, pese a la evidencia inobjetable de su estado, se negó a aceptar que estaba viejo. Un hombre con una Colt Walker jamás será viejo, se dijo sudando de rabia. Pero cuando notó que el perro lo estaba viendo con esa su estúpida mirada de gente, sintió una vergüenza tan grande que se echó a llorar como un niño y se encerró en su cuarto durante una semana sumido en una fuerte depresión que lo llevó a pensar por primera vez en el escape del suicidio. Pero una vez pasado el asalto de la debilidad, su sangre recuperó su mítico temple y ni aún en ese estado de absoluta soledad se rindió a la evidencia de que necesitaba a Daniel Santos junto a él. No quiso admitir que lo único útil de ese perro era su incapacidad de irritarlo, pero que pese a eso, Firu jamás llegaría a ser una compañía. No, para él, Daniel también había muerto igual que los otros, mucho antes que los otros.
VIII Al cabo de meses de intentarlo, el fantasma había entendido por fin que cualquier comunicación con el coronel dependía de la buena gana de ese perro de mierda que ya empezaba a detestar. De modo que sus futuros intentos por llamar la atención ya no los hizo con el veterano, ni con los criados que hacía tiempo se habían terminado de largar, sino que la emprendió contra Firu, el inconmovible.
Primero llamó al perro por su nombre, lo llamó por otros varios nombres en griego, latín e inglés, ensayó caricias, le jaló una oreja amistosamente, le jaló más duro la otra oreja después, trató de hablarle en el lenguaje de los perros que había aprendido a usar como clave en los tiempos de la guerra. Sobresaltado por su ineficacia, la emprendió a gritos contra el animal y al final, pese a su paciencia de muerto que tiene toda la eternidad para hacer lo que le plazca, le soltó un puntapié de aire (el coronel oyó entonces una respiración fatigada cerca de su oído). Tras la patada fallida el fantasma dio una vuelta en el aire y cayó de espaldas sobre el piso de madera, pero el animal siguió sentado sobre sus cuartos traseros, mirando inconmovible al coronel, sentado a su vez en la hamaca de su bisabuelo en medio del salón de las fiestas, echado a perder, apoyado en su bastón con sus dos manos, empapado en sudor, luchando para no dormirse, empezando a cagarse.
Esa noche el fantasma se rindió por fin y pese a que nunca había podido llamar la atención de Antanás Santos, vencido por segunda vez, despatarrado junto al perro, jadeando, con el pelo alborotado, contó a Antanás Santos sin esperanzas de ser oído lo que tanto quería contarle. Deshecho en llanto le dijo lo que había sucedido mientras cubría la retirada del coronel y de la división de caballería en la desbandada de Picuiba hacía más de cincuenta años en la guerra contra el Paraguay.
IX -Firu ¿vos lo oíste?
El fantasma, sentado junto al perro que miraba desde siempre al viejo, le contó al veterano de guerra cómo tendió el velo estratégico para proteger la retirada de la división del coronel, cómo el enemigo rebasó sus alas en los costados y copó a sus soldados que quedaron atrapados dentro del movimiento de tenazas adversario; narró con la voz entrecortada cómo sus hombres empezaron a morir a su lado en la defensa tenaz de esa posición imposible y cómo otros comenzaron a rendirse sin la menor vergüenza, No hay derecho de hacer eso por la patria que los parió. Contó hecho un mar de llanto cómo él, capitán de 20 años, tirando espumarajos de rabia por la boca los instaba a resistir, Carajo, no sean maricones, no parecen hombres de Sabayón. Relató con el rostro escondido entre sus manos de fantasma cómo mató por la espalda a dos indiecitos andinos consumidos por la tuberculosis que huían porque no sabían por qué estaban peleando. Recordó cómo se quedó solo aguantando la posición en el nido de ametralladora y cuando supo que todo estaba perdido, cargó su arma de oficial y se metió un tiro en la sien, matándose tan mal, que tardó cuatro días en terminar de morirse en las carpas hospitalarias del enemigo. Allí murió embebido en orines, cagado por los cuatro costados, con la cabeza agusanada en el hoyo que había dejado la bala, agonizando, delirando ordenes que ya nadie escuchaba, gritando incoherencias de moribundo, pidiendo sin tener la suficiente boca para hacerlo que lo maten de una vez, pidiendo que el coronel lo perdone, que por favor lo perdone por no haber cumplido sus órdenes. En medio de la casa en tinieblas el coronel soltó una lágrima y miró al perro para que no le quedaran dudas. Firu siguió sin moverse, mirándolo con ojos de legionario hambriento.
-Creí que vos, mi ahijado, mi mano derecha, mi sucesor, mi hijo bastardo favorito, habías huido como los otros y que por eso me habían masacrado a la división completa, incluyendo a mi Bayard, que ya era teniente de caballería y que cayó muerto ante mis ojos por desobedecer mis órdenes de retirarse. Usted me avergüenza, me dijo con ojos llenos de odio y tiró su caballo con el sable en alto contra la artillería que nos estaba despedazando.
Y es que ningún Santos morirá jamás de muerte natural, eso lo sé, eso vos también lo sabés. Pensé que por tu cobardía había caído prisionero yo y no había podido evitar ni que Antanás en su avión de mierda y Dionisios en su tanque de mierda también vayan al asalto insulso del fuerte Nanawa, ni que mi mujer se mate en este mismo salón tragando ascuas de verdad para quemarse de una vez por dentro, para iluminar con la luz de la esperanza esas entrañas de donde decía a gritos que nunca debieron salir sus hijos...
El coronel se calló. Ya no lloraba. El fuego de su sangre reventó en su interior, se levantó de golpe y con lo quedaba de fuerzas le dio un puntapié al perro exclamando, en una explosión inverosímil propia de su carácter en otro tiempo, Que definitivamente ese hijo de perra de Firu no se había quedado con él por fidelidad, sino por estupidez y que además de eso el puto animal traía ya un defecto de fábrica que quizá no tendría ningún otro perro en el mundo, porque el muy cretino, pese a sus lagañas legendarias por su capacidad de ver a los muertos, era incapaz de ver un fantasma. El perro no pudo ver a un fantasma, a un mísero fantasma tan obvio como el que tenía al lado, cuya podredumbre del hueco agusanado por donde había entrado la bala de la vergüenza, era tan grande que llenaba de un hedor de ultratumba a todo el ámbito de la casa desde hacía ya un mucho de tiempo.
-Si no lo viste, por lo menos pudiste haberlo olido, le gritó al perro que, con el rabo entre las piernas, trataba de huir a la furia del anciano que lo perseguía a patadas. Luego su ira se apagó de golpe como había venido y Antanás Santos se le quedó mirando al fantasma a través de la carne de su catarata. Por fin se había atrevido a mirarlo, sin miedo de ver cómo se vería él mismo cuando la muerte se lo llevara, quizá mañana.
El fantasma también estaba vestido de oficial, chaqueta abierta, camisa sucia con mugre de hacía cincuenta años, ojos soñadores, boca de sirena y una expresión imposible e involuntaria de niño feliz que partía el alma el pensar que se lo había maldecido durante años en esa casa por haber sido la causa de la desgracia familiar.
El coronel por fin acababa de sacar de encima esa amargura, esa culpa que lo había ido encerrando primero dentro de la casa y luego dentro de sí mismo, cerrando al mundo exterior sus ojos y sus oídos, aprisionándose entre los muros de su mente. Esa noche, sin la mirada del perro que había sido una barrera entre ellos durante meses, el fantasma y el viejo conversaron hasta que los pájaros hicieron su escándalo de bienvenida al último día de ese remoto diciembre. Pero en la noche de aquella jornada, cuando el fantasma volvió al salón oscuro y desamoblado (las deudas se empezaban a cobrar con todo cuanto había en la casa) encontró a Antanás Santos rejuvenecido, pegado boca abajo al techo, como si fuera un globo de helio escapado de la mano de un niño sin poder correr al cielo, atrapado en lo alto de la carpa de un circo, dando bandazos, torpe, feliz por su nueva condición de ser sin gravedad.
-¿Viste a Firu?, le preguntó el coronel al fantasma riendo, sintiéndose vivo por primera vez tras el descubrimiento de su alegre ingravidez.
Entonces el fantasma vio al cuerpo del coronel desbaratado bajo la hamaca inmemorial, ahogado en el piso en un charco de sangre, con su Colt Walker aún encarnada en su mano derecha y sus sesos regados como un petardo que al explotar se congelara en el tiempo. Desde su rincón del techo, el coronel soltó una carcajada sobrenatural que por su ignorancia en todo lo concerniente al reflejo de la risa o la alegría, sonó tan horrible que pareció salida del interior de un animal herido. Miró con ojos de padre al fantasma y le dijo que el deseo de venganza contra un muerto nunca había sido un buen motivo para vivir como había vivido; sin la música de la familia que era todo cuanto había parecido amar en la vida y que después de todo, Tan letal como tu bala, es un perro que se va…

II
La maquinita de Aqueronte
I Palpó con su lengua ávida de sabores blancos y negros, sintió con los pelos de sus patas esa tibia acuosidad cargada de bacterias que se movía bajo toda ella y cuando la humedad espesa de esas aguas negras estaba a punto de aplastarla, la mosca nacida en las tripas de las mandarinas podridas del patio de la casona emergió de la letrina del cuartel vapuleada por la borrasca que venía del gran hueco donde había estado el mar. Entonces el insecto perdió el control de su cuerpo, pasó por el huerto de mandarinas que se podrían en el suelo haciendo rizos en el aire y arrojada por la violencia del viento cayó directo al bolsillo del hábito de monje del Sabio Aqueronte que había tenido el descaro de salir del sótano del viejo caserón donde trabajaba en algo que no iba a molestar a nadie, sencillamente porque hacía meses que no se oía desde la casa los balazos y las palabrotas que solía soltar el coronel cuando estaba de cualquier humor.
Entonces, aquel accidente de vuelo paró la historia del mundo cuando la mosca hastiada de mierda y borrasca trabó con su cuerpo los engranajes de la maquinita que ese hombre santo llevaba en el bolsillo y que acababa de terminar para dirigir con mano ansiosa de venganza el destino de Sabayón.
II De golpe, la borrasca que venía del hueco donde había estado el mar se fue disolviendo, marchando en sentido contrario, comiéndose a sí misma y desapareciendo dentro de su propio embudo de aire y escombros. La hierba que había cubierto el relieve de tierra de la fosa del coronel Antanás Santos en el cementerio de veteranos empezó a empequeñecerse, a tragarse a sí misma, a pasar del sepia de las ramas viejas que desollan al viento, al verde oscuro de la exuberancia inquebrantable y luego al verde tierno de los brotes de la esperanza que al final siempre se vuelven sepia. De la nada empezaron a crecer los murmullos de los viejos oficiales de caballería con sus roídos uniformes grises de la confederación vencida, sus guantes de cuero incapaces de empuñar un arma y sus sombreros del ejército australiano vapuleados como un caballo viejo por el sol eterno de aquel trópico de capricornio.
Los viejos soldados recibían en sus palas la tierra que saltaba hacia ellas desde el cúmulo de la fosa, luego con gestos de bajar el féretro del coronel mas bien lo sacaban y ya se podía ver por el cristal del ataúd su cara pálida y su sonrisa idiota de muerto feliz. Lo subían, lo cargaban en sus hombros, caminaban hacia atrás con gestos de marchar hacia delante y los ojos de las lloronas a sueldo se iban tragando las lágrimas que también saltaban hasta ellas desde el suelo o desde el misterio del luto gastado que ya era el uniforme de su oficio. Luego los soldados lo subían al carruaje mortuorio de caballos decrépitos empenachados de negro con gestos de bajarlo y los animales andaban hacia atrás, como si andaran hacia adelante volviendo a pisar sus huellas sin atropellar a la columna de veteranos que atrás de las bestias marchaba de frente hacia atrás bajo las nubes de polvo que eran tragadas por las bocas de las pisadas, mientras el sudor se les iba metiendo por los poros con un raro andar de salamandra aterrorizada.
Y allá a sus espaldas se empezaba a divisar la corpulencia de la mansión señorial que había pertenecido al coronel Santos. Sí, el féretro ahí, ahora a la mitad del salón de la casa oscura, lúgubre, sin electricidad, a la mitad de cuatro cirios rojos olorosos a cebo hirviente y detrás, a media asta la bandera nacional agujereada a balazos que el coronel había levantado en sus victorias. En ese ámbito de salada humedad, las lloronas pagadas por el Estado en ruinas por las guerras perdidas y la locura de sus gobernantes, hacían su trabajo lo mejor posible fingiendo incluso desmayos intempestivos, ataques de epilepsia con espumarajos bucales, enrojecimiento de ojos y, por un recargo extra, también soltaban alguna que otra palabra en arameo y sus nervios se tensionaban como si fueran médiums en trance, Él está aquí, él no se irá nunca de aquí.
En los pasillos sin luz del viejo caserón (desde el principio de la ceguera del coronel ya nunca más se habían usado velas en la casa), se oían los comentarios de sus actos de valor, las hazañas de Antanás Santos por su amor desmesurado por Sabayón, la leyenda de sus luchas a galope tendido contra los separatistas cimarrones de Zemí Sinombre; su enemigo en la época de la república de los Drake, su hermano en las tropas de Bolívar, su compañero de juegos en la mansión señorial cuando él, Antanás Santos, hijo del amo del mundo y, Zemí Sinombre, hijo de un peón de confianza, se colgaban de los brazos de Carolina Medina Sidonia, la madre del coronel y se iban al mercado a comprar algodones de azúcar.
Después Antanás, más pequeño aún, sintiendo el agua de la tina con pétalos de rosa con la que lo bañaba su madre, luego dormido en la cama, esa de los primeros meses de vida, a la vista de Carolina. La cama, el sabor mágico de la leche en los pechos de su madre, los sueños plácidos y más largos cada vez, la deformación de las cosas, el aturdimiento primigenio de aquel para quien todo es desconocido en el mundo, la sinfonía tibia del líquido amniótico sonándole en los oídos, el compás del corazón de Carolina hablándole sobre la piel, la oscuridad, el no movimiento, el primer latido y luego esa muerte primaria de los que recibirán el regalo de la vida.
III La mosca ha echado andar al revés al tiempo, Aqueronte la jala de un ala y el aparatito funciona bien de nuevo. De pronto, todo el proceso ocurre en sentido contrario, es decir, como es debido, primero el uno, después el dos… la oscuridad, esa muerte primaria de los que aún no han nacido, el primer latido, el sonido, la luz, las caricias necesarias, los pasillos gigantes (para él) de la mansión del poder que luego remodelará con prisioneros paraguayos, los juegos con Zemí Sinombre, el descubrimiento del sexo con una nodriza servicial, el robo de niñas bien y la posterior devolución deshonrosa, las primeras mujeres ganadas a los naipes, su afición por los caballos, las riñas de gallos y el divertimento de las puñaladas en las cantinas por mujeres en duelos en el que mata a un esposo ofendido, la clandestinidad, su oficio de contrabandista de marfil, la academia militar de West Point por puro castigo, el ejército de Bolívar, la guerra eterna contra Zemí y sus montoneros revolucionarios, su único amigo; el golpe de Estado contra los gobernantes Drake, las guerras a las que acude sólo para buscar un balazo porque definitivamente ningún Santos morirá de muerte natural, el desastre de la retirada de Picuiba donde había perdido a la mitad de su caballería, el presidio por negligencia que luego será considerada heroísmo, el exilio rumbo a la nada, el balazo cobarde venido desde atrás, el cielo demasiado grande para verlo todo solo, la oscuridad triste de los que alguna vez vieron la luz, la convalecencia, la noticia de la muerte de los muchachos en Nanawa, (Antanás ebrio derribado en su aeroplano; Dionisios alcanzado por un obús y calcinado dentro del tanque con el que embestía a la fortaleza guaraní), la sensación inaudita del inicio de la vejez, el suicidio de su mujer que no importa mucho, su odio cada vez mayor hacia Daniel, los actos protocolares, los bautismos de niños, el hastío, Firu, el fantasma, su cuerpo tendido en el suelo, mientras él lo ve pegado al techo; el velorio en el salón, el olor a cebo de cirios, el entierro solemne con sus viejos soldados, Daniel llorando sobre su tumba, los pésames por último de los Santos, porque Daniel se ha cambiado el apellido, la rabia, la impotencia de ver su memoria humillada por la presencia en su entierro sin curas del único de los hijos del que nunca estuvo orgulloso, la hierba creciendo sobre su fosa, Daniel el banquero tomando posesión de la casa junto a su mujer embarazada de siete meses, reconstruyéndola en sus detalles, volviéndola habitable como en sus mejores tiempos, iluminándola con electricidad hasta el último rincón en una victoria que ni él se esperaba; la borrasca furiosa que viene del hueco donde estuvo el mar, la mosca libre de la máquina yendo otra vez a la letrina para empezar todo de nuevo y Aqueronte El Sabio, olvidándose otra vez de tapar con un paño a la maquinita esa que hace andar al tiempo, poniéndosela de nuevo en el bolsillo, saliendo de la casa reconstruida dispuesto a deshacerse de la máquina para no estragar nunca más el perfecto orden de los hechos. Pero la maquinita se ha dañado, un ala de la mosca la traba y Aqueronte también ya está demasiado viejo para notarlo, y así sigue Antanás Santos, naciendo, muriendo, viendo a sus hijos nacer, enterándose de sus muertes de diferentes modos (Antanás muerto por mercenarios en el África, Dionisios desaparecido en un naufragio, Bayard asesinado en una pelea en la cárcel) y por diferentes bocas aunque siempre, siempre será Daniel el que se quede con la casa y el que llore a su padre en todas y cada una de sus muertes. Sí, era previsible pero también inevitable. Así es la vida.

2 comentarios:

twyandbn dijo...

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Camba Solitario dijo...

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Un saludo cordial.