miércoles, septiembre 19, 2007

CARTA A UN HERMANO MUERTO


Antanas Drake

Quién iba a pensar que esa noche de cervezas en El Prado, entre la algarabía de tu pueblo después del partido de Bolívar y Boca Juniors (vos rematado estronguista que se comió un rato su corazón aurinegro para acompañar al amigo) iba a ser la última vez que iba a verte vivo. Entre las nubes del dolor, te recuerdo esa noche un poco deprimido por ese eterno amor tuyo que no pudiste devolver a tu lado; un poco adorable con ese mirar de cachorro lleno de bondad, de lealtad a prueba de balas, de amor por este oficio de mierda que queremos tanto y que daba (sí, daba) un poco de razón a nuestras vidas. Te recuerdo esa noche ebrio de alegría por esta amistad que surgió como un acto de magia en una tierra que no era ni mía ni tuya (vino tinto, mujeres bellas y esa morena que te gustó tanto), corazón abierto el tuyo, alma blanca, amigo cómo me estás doliendo... Ya me acordé (y eso que tengo mala memoria), la morena, la de Tarija, se llamaba Lidia, ¿te acordas?, claro, como no, si en el aeropuerto le diste el alma en ese beso de despedida.
Cómo voy a extrañar entrañable hermano nuestras tertulias sin pies ni cabezas en medio del ron con jugo de naranja en baldes de ese boliche de mala muerte frente al estadio Hernando Siles, las conversaciones sobre periodismo, las presiones del oficio, los riesgos, nuestras peripecias en El Alto trabajando en un reportaje bajo una granizada histórica y el acoso de los delincuentes más creativos del mundo, tus experiencias en las rebeliones del altiplano en 2003 y la paliza que te dieron ahí. Cómo olvidar la vez que me sacaste a rastras casi inconsciente (yo camba sedentario, inútil en la altura y las pendientes de La Paz) de entre los tiros y los gases lacrimógenos de las calles militarizadas que retumbaban con las dinamitas mineras, mientras Bolivia se desangraba por dentro y Goni se derrumbaba en su podredumbre, y la gente corría, y lloraba y se desvanecía en ese aire hediondo a pólvora, húmedo de lágrimas tan recientes que aún nos mojaban el alma.
Tu sonrisa, tu paciencia (joder, si hasta a comprar ropa te acompañé, a comprar juguetes para tu colección), la vez que fui a tu casa a comer con tu familia y me presentaste como tu amigo camba; la vez que te llevé a mi casa y te presenté a mi esposa como mi mejor amigo colla y hasta te ofrecí en broma a una cuñada mía para salvarte de la soledad. Compadre, no sabes cómo duele hacer lo que estoy haciendo, despedirme así de vos, sabiendo que nunca más me vas a decir: Pato, querido…
Quien diría que estés muerto un año después en que casi nos lleva por delante y nos tira al precipicio ese camión de mierda, subiendo la Ceja de El Alto (Sergio Landaeta, ídolo, nos salvaste el cuero ese día). El destino nos estaba tentando, pero desgraciadamente te llevó a vos primero, coño viejo, no sabes cómo quiero llorar pero no me sale nada... sólo un nudo en la garganta y en el cerebro el rugido de ese río tragándote para siempre en medio de la noche, bajo la lluvia...

2 comentarios:

Hewey dijo...

Profundo y sincero...

Buen-a-venturas dijo...

che, qué lindo volverte a leer Me hacía falta. Un abrazote, compañero.