miércoles, septiembre 17, 2008

DE CÓMO UN POLLITO ME VOLVIÓ ATEO


Antanas Drake



PRIMERA PARTE

Yo tenía siete años y un pollito y quería ser veterinario, como Noé. Yo quería ser veterinario para tener un barco enorme como el que tuvo Noé…
En aquella época yo creía que Dios me hablaba en los pensamientos, pero la primera vez que esa voz celestial en mi cabeza me dijo: “Mata a tu madre”, me asusté y supuse que alguien que le dijo eso a mi mente infantil que soñaba con ser veterinario, no podía ser Dios. O tal vez sí lo era, total; si él había creado el universo universal, bien podía hacer lo que le diera la gana y decirle a un chico como yo algo como eso. Ya me encargaría yo de cumplir su mandato.
A Wilfredo (así se llamaba el pollito) me lo había regalado mi padrastro comunista en uno de los viajes de mi madre al campo para verlo y para hacer chiqui chiqui con él, mientras a mí me mandaban como si fuera un retrasado a sentarme a la orilla del lago donde mataba el tiempo pescando unos bichos que además de feos a la vista eran feos si uno se los quería comer crudos.

Wilfredo era un pollito de buenos sentimientos, buena gente, que quería ser un gallo de bien, con plumas brillantes y cresta roja libre de parásitos. Eso me dijo la primera vez que lo vi, cuando lo levanté en las manos y volteé de una patada a la mamá gallina que venía con ojos histéricos a sacarme las tripas. Yo lo acariciaba casi hipnotizado por esa especie de gamuza amarillita que le cubría su cuerpo de pollito y que pronto se convertirían en plumas que lo definían como un “ave”, según la explicación de un diccionario que mi madre me había regalado por ser yo un buen estudiante. Cómo no iba a ser buen estudiante si al mínimo indicio de una mala nota ella me partía la cabeza a palazos. Exagero un poco, pero la idea es esa.

Wilfredo era amarillo pero tenía una bonita raya negra que le subía desde la base del pico entre los ojos, le pasaba por la cabeza y seguía por la espalda hasta casi llegar a la colita. Yo quería a Wilfredo porque él dependía de mí para vivir y yo me sentía bien ayudándolo a crecer mientras yo mismo crecía con él. Corría detrás de mí con sus pasitos cortos, siempre diciendo: pio pio pio, que en lenguaje de pollitos quería decir: “No te hagás el loco y dame de comer”.
Después de la paliza a la mamá gallina (que renunció a él después del garrotazo que le propiné) y del regalo oficial del tipo que agasajaba a mi madre, me llevé al pollo al cuartito de alquiler en el que vivía en la ciudad. Allí alimenté al pollo, lo cuidé y juré por la mamá de Bamby que jamás me alejaría de él.
La primera noche conmigo lo acosté en mi cama, junto a mi cabeza donde se durmió diciendo en mi oido: Pipi pi pi pi…pipi pipi piii….pipi pipi piii. Lo que en lenguaje de pollitos quería decir: “No se si me cago en tu cama. Soy un pollo, y las camas limpias nos vale madres porque nosotros no sabemos para qué sirven las camas”. Qué se yo qué más decía el pollo. Era muy locuaz y me hacía sentir acompañado.

A la mañana cuando desperté no lo vi a Wilfredo. Mi madre se había ido a su empleo de enfermera, de modo que no había a quién preguntarle lo que había pasado con el pollito. Desde mi cama lo llamé a gritos, pero cuando me levanté por completo, vi a Wilfredo muerto, hundido en el colchó justo en el sitio donde yo había estado durmiendo. Tenía una macabra mueca de terror en sus ojitos abiertos y yo creí que su último pensamiento había estado dirigido a mí y que me decía: Pi pi piipipi, o sea: “Vengá mi muerte de alguna forma porque sé que no queriéndome matar, lo hiciste. Ha, perdón por cagarte la cama”. Ese había sido su último pensamiento.
Tenía sus alitas crispadas, como si hubiera luchado con todas sus fuerzas para sacarme de encima de él. Hasta ese momento yo nunca había sentido un dolor así, pero no fue por eso que renuncié a la fe, fue por lo que pasó después…


SEGUNDA PARTE

Aún hoy cuando lo imagino a Wilfredo muriendo bajo de mi cuerpo pese a que lo amaba mucho, me estremezco. Tal vez antes de morir el pollito gritó: Piiiiiiu piiiiiuu piiiiuu piiiiuuuu…Lo que en lenguaje de pollos quiere decir: “Apartate amarillo de mierda!!!!”, y claro, después me dirigió su último pensamiento pidiéndome que lo vengara. Ya no quiero hablar de Wilfredo…

Bueno, debo explicar cómo Wilfredo me volvió ateo.
La mañana en que encontré a Wilfredo aplanado en la cama, mi madre había vuelto a su empleo de enfermera y yo lloraba a moco tendido. Fue entonces cuando en la Tv escuché que empezaba uno de esos programas de la fe en el cual cientos de personas en vivo alababan a su divinidad y un tipo en mangas de camisa, agitando un libro negro, hablaba de vida eterna y otras cosas que en ese momento le hacían falta a Wilfredo. Entonces yo, un chico de siete años, aún creyente, levanté el cuerpo muerto del pollito y encima de un plato de plaqué lo puse delante del aparato de la Tv.
Con un fervor que no me conocía me sumé a los rezos de la gente en la Tv, supliqué a Dios para que reviva a Wilfredo, cerré los ojos con fuerza rogando por que volviera (a ratos abría yo un ojo para ver si ya me habían escuchado allá arriba y Wilfredito estaba de pie, mirándome con sus ojos de pollo niñito). Pero nada, el pollo seguía tendido, planito y aplastado como si fuera de juguete. Aún así, no caí en la desesperación (a estas alturas ya saben cómo acaba este relato, pero igual lo voy a terminar). Pensé que mis rezos no servían de nada porque Dios desde el cielo no podía ver a mi pollo por culpa del maldito techo del cuartito de alquiler donde mi vieja me dejaba encerrado cuando se iba a trabajar. Así que en el platito de plaqué en el que lo había puesto a Wilfredo, lo saqué por la ventana y lo puse en una mesa que había arrimada en la pared por el lado de afuera.
Allí lo vería la divinidad, que aguijoneada por mis súplicas inocentes, me haría el favor de darme bola. Seguí orando y al rato, ya no estaba el pollo. Asumí con alegría que éste ya se había levantado y estaba comiendo retoños de pasto en el patio de la casa, pero lo que había ocurrido era exactamente lo que ustedes están pensando: Un gato corría con Wilfredo en el hocico sin que yo pudiera hacer nada. Yo le había fallado a Wilfredo dos veces. Había prometido protegerlo, y lo había matado; lo tenía que resucitar, y más bien lo entregaba para que un gato se lo comiera como si fuera un animal muerto. Wilfredo no era un animal, era mi amigo.
Entonces me volví con rabia hacia la tele y violentamente cambié el canal en el que predicaban "la palabra" y lo dejé en uno que mostraba a Jerry corriendo por su vida mientras Tom estaba que lo alcanzaba.

Allí fue cuando me dije que si EL no podía revivir a un triste pollo niño por el pedido de un chico libre de todo mal (o sea, algo súper fácil ya que él era Dios pues), entonces yo no podía creer que él haya creado el universo. Aunque claro, tal vez como él había creado todo, y podía darse el lujo de ser bueno o ser malvado si le cantaba la voluntad, entonces bien podía no darle la gana de revivir al pollo. Pero yo fui intransigente, no habían excusas que valgan: Renuncié a EL de plano y me juré a mí mismo que por pura represalia a su intransigencia yo no le haría caso en eso de matar a mi madre. Y no lo hice. Creo que estamos a mano.

3 comentarios:

Faby García dijo...

Me encantó, (lo mataste en la Real Life?)y pronto pues me gustaría ver algo así como un libro de cuentos para niños, mi hija dice de aventuras y suspenso, tienes la pasta amigo.
Besos!!

Richard Durán dijo...

Buenisimo, ya que a uno de mis sobrinitos le paso exactamente lo mismo con su pollito (claro no rezo, ni trato de resucitarlo).
Gracias.

Papeles de Santa Rosa... dijo...

Gracias..justo ahora ando puliendo y arreglando ese cuento. Saludos