lunes, diciembre 18, 2006

LA DEMORA DEL VUELO 108


Antanas Drake


Cuando los vuelos se demoran por tormenta, incompetencia o lo que sea, en los aeropuertos el tiempo empieza a pasar más lento. Se vive como en el fondo de un vaso de agua, como en el interior verde-sucio de un lago o en el espacio sideral lleno de estrellas-espermatozoides-de-un-Dios-masturbador, lo cual además de aburrir (no importan las ofertas de los escaparates, las promociones de viajes, la esperanza de la azafata hermosa o los souvenirs típicos donde se ve a una indígena colorida o el clásico poro para el mate), además de aburrir, como decía, permite ver en detalle las cosas que a “velocidad normal” no se pueden ver porque son anuladas por el ruido de la velocidad. Un niño diabólico de seis o siete años patalea por capricho a mi lado crispándome los nervios.

Por ejemplo, mientras el aburrimiento empieza a anularme, a adormecerme como un veneno, como un gran ojo de adivina, me doy cuenta de que me arden los ojos por mis forzadas lecturas nocturnas, ya sea sentado en un retrete como un cacique grande o abandonado en la tina de baño de un hotel cinco estrellas que jamás podría pagar de no ser por mi condición de corresponsal de diario de ciudad.

Noto también que me da vueltas la cabeza (es el vino tinto de anoche) y de golpe tengo la revelación de que sólo soy vulnerable al terror cuando cierro los ojos para dormir (para acaso no volver a despertar jamás). También siento esa cosquilla terrorífica de cucarachas en el estómago cuando cierro los ojos para pensar, o para echarme champú en la cabeza en ese mi abandono en la tina de baño ya cansado de leer. Ahí, con los ojos cerrados para evitar que me ardan los ojos (como me arden ahora) me invade ese miedo ciego que se concentra angustioso en las entrañas, provocando esa sensación inminente de caída al vacío, de que alguien observa sin que te podás defender y se acerca mientras vos estás perdido en la oscuridad del champú y sólo querés abrir los ojos por más que eso signifique quemarlos, y que después, sentado en un anónimo aeropuerto, te empiecen a arder, y entonces decidas escribir algo para matar el tiempo y para no pensar en lo loco que te vuelve la malacrianza de ese niño del infierno que sigue chillando a tu lado.

O sea, la oscuridad es el miedo desatado por la memoria genética de cuando éramos presas de otros animales (siempre nocturnos, siempre acechando). Entonces el miedo a la muerte (¿por qué hablo de esto? acaso el vuelo inminente, el desamparo que se siente en las alturas, la imposibilidad en el aire de coger un palo para defender la vida si el avión se cae es lo que me hace escribir esto), el temor a la muerte es en realidad temor a la oscuridad de ojos cerrados, de féretro oscuro tres metros bajo tierra, de boca de animal engulléndonos en nuestras formas neandertales. En fin, la muerte también me aburre, he sobrevivido a todos sus ataques, he sobrevivido a los sablazos suyos que se han llevado a seres que amaba.

En los aeropuertos hay tantas despedidas flotando en el aire que no puedo menos que sentirme agotado y entonces el aburrimiento gana terreno, se ensancha, me cubre como si fuera una gran ala de cóndor y el lloriqueo molesto de ese crío empieza a alejarse, pero no, él puede más, el llanto irracional de un niño puede más que cualquier excusa o argumento lógico. No tengo ánimos para volverme un asesino por tan poca cosa. Pienso en algi, me escucho a mi mismo de nuevo.

Entonces me doy cuenta de que en este aeropuerto hay un perro callejero husmeando los pantalones y las petacas de los pasajeros. Recién me siento acompañado. Por su pinta de inofensivo, simpático y con el collar de trapo verde de los vacunados contra la rabia colgando de su cuello, ese animal sigue husmeando entre maletas y piernas, buscando trozos de helado o pastel que dejan caer los niños incansables (malditos diablos que corren y gritan como salvajes, se babean y contorsionan como bichos sin que sus padres se enteren de que esas criaturas me irritan con sus gritos, casi como si un millón de ratas me caminaran por el cuerpo rasgando mi espalda).

El perro. Mejor me concentro en el perro callejero, que en este caso sería un perro aeropuertero. Si yo fuera ese perro (soy otro, todos los que me conocen lo saben) me sentiría contento, porque a diferencia de otros como él, que sobreviven desguazando basurales infectos, él mantiene su pelo blanco impecable. Husmea, avanza, retrocede con paso ligero de hormiga, levanta la cabeza, la baja, al final se pierde entre las piernas de la gente que charla o se aburre, como yo ahora.
El aburrimiento. Busco en qué momento empezó. No es que esta ciudad me aburriera, porque este un pueblo bohemio donde hasta los taxistas son capaces de decirte: Aquí el río canta lindo sólo en diciembre…
El río. Me acuerdo entonces de que mi habitación en el hotel tenía un balcón en el que de noche se veía la bruma y se oía cantar al río, mientras que de fondo se podía ver las luces de la ciudad y la boca armaba una fiesta con petardos de vino tinto.


El aburrimiento (no he podido explicar qué me aburre, quizá la demora del vuelo 108) se me cuelga de los párpados con el peso de dos candados.

El perro, mi ardor de ojos, mi miedo a la oscuridad me revelan también que la filosofía después de todo no es más que el fruto de gente aburrida o sin amigos, como yo que no soy un filósofo sino un tipo que sólo habla pavadas. En casos de soledad, o sos filosofo o sos suicida maniaco-depresivo, asesino en serie, pedófilo o cualquier otra cosa para sacarse el aburrimiento del cuerpo, para dejar de oír esas voces que no callan una vez uno ha sido desconectado del mundo por el aburrimiento, por ese envenenamiento interior que también pare cosas como este escrito o como el sexo de los casados.

Sexo. Adormecido, pienso en el formidable mecanismo orgánico que sigue funcionando en el interior de los seres vivos aún cuando estos están dormidos (las células bullentes, los glóbulos rojos cabalgando torrentes de sangre, los espermatozoides alborotados, los óvulos en su marcha intima hacia el útero, las neuronas en su continua vida breve electrocutada); pienso también en la gente que ha dormido y que cuando despertó (si lo hizo) jamás supo diferenciar entre el sueño y la vigilia, y que después los acusaron de locos, sólo porque los “normales” eran más.

Eso me hace abrir los ojos que me arden y, para no pensar en ese maldito niño, decido con el corazón llegar a casa de una vez y echarme un buen polvo para olvidarme todo esto.

De pronto, el perro aeropuertero ha vuelto inexplicablemente dejando de lado su cortesía anterior, y ataca al maldito niño malcriado sentado a mi lado. El perro es sacado a patadas recobrando su calidad de callejero, el niño llora muchisimo más fuerte pero en mi interior el aburrimiento desaparece, una surte de alivio alegre me embarga y no puedo menos que echarme una muy buena carcajada.